Tercera semana en Portoviejo. «Ese complicado baile al que llamamos realidad»

Cuando pienso en la semana vivida aparecen en mi cabeza un auténtico batiburrillo de sentimientos, pensamientos y vivencias tan diferentes y hasta contradictorias entre sí que me resulta difícil ordenarlas y ponerles un nombre concreto. El ritmo frenético de los días que se van sucediendo hace que todo suceda más rápido de lo que siento que soy capaz de procesar, incluso en ocasiones siento que estoy en una vida irreal que no es la mía. Aun así voy a intentar trasmitiros mi vivencia de la mejor manera posible.

Comienzo a acercarme a la realidad y a bailar con ella de cerca. Antes de empezar el voluntariado, incluso durante la formación, mis expectativas eran el encontrarme con una realidad llena de pobreza material, con hambre y con falta de medios y de recursos. No me faltaba razón, pero cuando te la encuentras de frente a frente esto no es lo que más te remueve por dentro. Es otro tipo de pobreza la que me hace estar hoy indignada y dolida.

Los niños me piden a gritos cualquier muestra de cariño, por pequeña que sea o cualquier reconocimiento de sus éxitos durante las clases de apoyo. Yo vivo encantada de estar ahí para darles todo esto y más, pero me hace plantearme las carencias emocionales que tienen en sus hogares, muchos de ellos con padres de familia que a pesar de hacerlo lo mejor que pueden son bastante jóvenes (yo a mis 23 años podría camuflarme entre ellos sin problemas).

Junto al acercamiento a los más jóvenes también me voy adentrando en la sociedad ecuatoriana y surgen los primeros choques culturales. ¿qué es lo normal? Todo lo que desde siempre he tenido establecido como la forma correcta de actuar, la importancia de la eficacia, la responsabilidad en el trabajo… aquí tambalean y hacen que mi cabeza cuadriculada se haya visto desbordada durante esta semana.

Todo esto no me deja indiferente, siento que me aturde, durante esta semana caigo en sentir la responsabilidad de tener que salvarlos en sus realidades. Todo se me queda grande. ¿y yo qué puedo hacer? ¿cómo puedo ayudar? ¿realmente estoy siendo útil? Son preguntas que me acompañan durante la semana y me atormentan cada noche.

Tengo la suerte de cruzarme en mi camino con distintas personas que me van iluminando, en concreto, es una conversación con Yadira, un de las responsables del xics, lo que me hace darme cuenta de que yo no puedo ni debo salvarlos ni cambiar sus realidades. Pero entonces, ¿qué hago aquí? ¿cuál es mi papel? Son preguntas que aún me rompen y que no termino de responder, para qué engañaros.

En mitad de tanto lío, opto por ponerme en manos del Señor y lo único que tengo claro es que me invita a querer, a abrazar, a jugar, a reír, a cantar aunque desafine y a bailar aunque no tenga ritmo. El Señor me invita a soñar con los más débiles e inocentes y a que me deje sorprender día a día de esa inocencia y esa debilidad hasta amarla.

Por supuesto y para vuestra tranquilidad, no todo lo que pasa aquí me está dejando mal por dentro; de hecho, no os miento al deciros que estoy siendo tremendamente feliz en mitad de esta tormenta de emociones. El Señor se me hace presente a diario en la escuela y también con la comunidad.

Todos mis días comienzan con una estampida de abrazos de los niños al entrar en Las Cumbres, al principio, a mí que soy más bien distante hasta que consigo encariñarme, me resultaban algo incómodos, pero hoy es una de las sensaciones que más se me pasan por la cabeza para darme ánimos cuando siento que no tengo fuerzas para seguir el ritmo frenético. Siento cómo me voy ablandando y dejándome querer, pues ¿cómo dar algo que no se recibir? Yo que siempre voy con prisas y con mil planes para aprovechar cada segundo mi vida ¿cuánto tiempo dedico a abrazar a los míos? ¿y cuántas veces los abrazo con el corazón?

Las clases de apoyo no se quedan atrás … ojalá pudierais ver en directo como los ojitos de Mathiew brillan y parecen hasta salirse de sus órbitas cuando le muestro todo lo que lleva leído “el solito”…  a Daiverson pidiéndome que le enseñe a escribir para “hacerle una carta a mi mamá diciéndole que la amo mucho” … la sonrisa tímida de Dominica y Juan David cuando bromeo con ellos acerca de que son magos de las matemáticas al aprenderse la tabla del 4 o cómo la pequeña Sofía cuida de mí en los recesos para que no me quede sola y me busca para jugar con ella y sus amigas. Son nombres y momentos que se me van grabando a fuego, ¿cómo no?

Esto son tan solo algunas pinceladas de mi rutina diaria, esta semana en concreto, ha sido aún más especial pues hemos celebrado los 137 años de la congregación. Lo hemos hecho de distintas formas, una tarta con los profes del cole, una gymkana con los niños de grupos de fe, cómo no en la comunidad con las hermanas a las que preparamos unas rimas y detallitos para agradecerles lo mucho que nos están cuidando. Yo me quedo sobre todo con una eucaristía que celebramos todo el cole junto, los veo cantar y orar, me impresiona y no sé describirlo, pero siento que el Señor está con nosotros.

En esta semana no todo ha sido trabajo y profundidad y también ha habido bastante disfrute y desconexión: pachangas de baloncesto con las demás voluntarias, un día de playa con la comunidad, noches de películas y por consiguiente de siesta en el sofá… en concreto creo que me quedo con el inicio del viernes en la escuela en el que se propone “gimnasia rítmica”; una profesora con mucho arte sube a la parte alta de las gradas que funciona como escenario y bailan, el resto del colegio la imitamos. ¡Con qué poco se puede disfrutar! Miro las caras de los niños, las de las voluntarias, las de las hermanitas. Parece que la realidad se detiene y solo deja espacio para evadirse y divertirse.

Una semana en la que no da tiempo a aburrirse, con un poquito de todo y yo sin enterarme del todo de nada, pero situándome en esta realidad y disfrutando de este baile con ella que es lo que realmente da forma a la experiencia. Aunque no sepa bailar y tropiece, creo que cuento con unas grandes aliadas que me cubren y con un aún mejor coreógrafo que me sigue la pista de cerca. ¡GRACIAS!