Angola I: Llegamos…

Tras un viaje de más de siete horas, lleno de emociones y tensión derivadas de la gestión angoleña, vivimos  nuestros primeros momentos como equipo… que ya hablaban de unión. Llegamos a Angola y, tras el momento de tensión de los test de antígenos y del visado, con las hermanas esperando dos horitas, ya empezamos a notar el sabor a hogar.

Primeras vistas…, primeras preguntas… y ya comenzamos a regalarnos portugués “mixturado” con español: portuñol. Ángela, Máxima, Bea, María, Branca… Todas as irmAs comienzan a darnos un testimonio de acogida y de coherencia en todo su quehacer. Todo lo aprovechan y todo lo miden y cuidan con delicadeza. Ya comienzan las risas. Nos preparamos para el campamento que habrá. Estamos inquietos… y terminamos compartiendo el cierre del día, juntos, en la pista del colegio.

En nuestra cabeza, resuena la formación… ¿qué es lo importante para las personas que voy a conocer?, ¿cómo atender sus necesidades? Primer tortazo, son nuestras necesidades las que les importan. Nos acogen en el campamento y, aunque ayudamos en las tareas y en las dinámicas y servimos la comida, son ellos quienes nos atienden y cuidan y, claro, también empezamos a notar las miradas sobre nosotros y el interés que suscitamos. En dos días, vemos que los chicos se preparan para su “Promesa” como miembros de los grupos Spínola. Recibirán su pañoleta. Verles participar y  prepararse es emocionante. No parece que estemos lejos de casa, pero de pronto, un chico tiene paludismo; yendo a hacer la compra, recogemos a una mujer embaraza en la calle para llevarla al hospital; los niños golpean el balón en chanclas y disfrutan cada juego. Solo estar allí les vale. El campamento es “de lujo”.

Nos  queremos centrar en el campamento:

En el campamento  «Encanto», se habló de los dones, y en él resonaron canciones que reconocimos, como «Homme de fé, servo de Deus…». Llegamos sin terminar de haber aterrizado del todo. Se había quedado con los niños a la 10. Fueron llegando y tuvimos nuestro primer contacto ante la mirada de asombro de los más pequeños. Algunos de estos fueron con nosotros en el coche y la mayoría, con los más mayores, andando un trecho que intuimos después largo… La mayoría de los  monitores estaban ya en el campamento.

Las instalaciones eran las de una universidad salesiana de espacios abiertos y sus habitaciones fueron dos aulas; eran 57 en total. Una para meninas, en la que dormían también dos hermanas, y otra, para meninos. Las hermanas se encontraron el primer problema: los colchones con los que contaban habían sido prestados para otro evento. Se buscaron colchones… Uno piensa en un campamento en España en si hay que llevar saco o en si hay que llevar sábanas…, pero da por sentado una cama si duerme en una casa y no en el campo al aire libre; aquí, tenían sus colchones para compartir y listo. Al lado de la habitación de las meninas, estaba el baño con un lujo: agua corriente. Estaban tan emocionados con el agua, que hubo que pedirles que solo se ducharan una vez al día. Estaban felices. Algunos monitores dormían en mini tiendas de campaña. Preguntamos si eran para dos. Nos dijeron que cabían hasta cinco (¡¿cómo?!). La cocina era exterior y jóvenes del grupo Spínola cocinaban. Nosotros íbamos a colaborar allí… y dos, sentados en una especie de ladrillo, en el suelo, cortaron  pollo y pelaron  y partieron patatas; también nos enseñaron a hacer un zumo típico: de mucua. El menú de todos los días tenía frango (pollo) y arroz… y estaba riquísimo. Lo hacía Hilaria, una joven que dirigía con agilidad a sus pinches y que nos habló de la mujer en Luanda. Las  cenas eran variadas, como  revuelto con salchichas y pan. No recordamos postres ni chucherías. Sí, lo excepcional que fue comer el último día con un refresco o un zumo. También recordamos que nos acercamos a una chica que parecía que no había comido o que lo había hecho muy rápido. «¿Has comido?». La pregunta y su respuesta, no había comido, nos llevó a un… «Venga, vamos, come algo…». Entonces, avisamos a una hermana… y le preguntó: «¿No quieres comer?, ¿Cuántas comidas haces en casa?, ¿una o dos…?». Una o dos… Entonces, comprendimos que ya había hecho el número de comidas que solía hacer en casa. Recordamos nuestros campamentos y todo lo que tenemos. Aquí, cada niño trae un plato, unos cubiertos y un vaso o jarra… y al terminar la comida o la cena, los limpia. No pueden perderlos porque es una posesión valiosa. Nos impresionó ver cómo los lavaban cuidadosamente, sobre todo ver a los niños pequeños…

 

Tras las dinámicas (una búsqueda del tesoro, una gymkana; cánticos, un baile que prepararon los monitores para hacer todos; tiempo para oración, unos vídeos para bailar con indicaciones, etc.), nos encontramos con un tiempo libre que nos pareció demasiado… La obsesión de llenar de actividad a los chicos estaba en nuestra cabeza. Si están parados (que ellos no lo estaban…), hay que hacer algo. Y, sin embargo, ellos estaban felices jugando con el balón y brincando; bailando, hablando…; y tú podías sumarte a los juegos o hablar con ellos porque eras bienvenido. También veíamos cómo aprovechaban esos tiempos para planchar la ropa del último día porque se hacía el compromiso con el grupo y algunos recibían su pañoleta llevando ya la camiseta oficial del grupo (que algunos no podían pagar…).

No podemos describir todo lo que se hizo, pero creemos que con estas pinceladas, se intuye que estamos ante una realidad diferente y chocante para nosotros, pero, en realidad, vimos chicos contentos, acogedores… que nos regalaron momentos inolvidables y conversaciones, sobre todo con los jóvenes y con los monitores adolescentes; conversaciones íntimas, en nuestro portugués  incipiente, que hablaban de sus sueños de futuro (algunos como seguir estudiando, difíciles de cumplirse… tal y como nos hicieron saber…). Aunque uno le comentó a uno de nosotros que Con Dios en el corazón y en la cabeza, todo se puede. Ahí queda eso…

“Servir… ¡Reinar!”

           Y, ahora, nos esperaban las clases y el puesto de salud…