Con las cosas de comer no se juega

IMG_0366Luanda, 24 de abril de 2013

Es un entretenimiento retorcido. Se agarra con decisión el bote de turno, el paquete, caja o sobre que proceda. Obviando la letra inteligible, la lógica para la pupila humana, el explorador busca la grafía más minúscula del envoltorio. La reconocerá por ser aquella que desafía la capacidad del ojo; la que le interroga sobre si debe revisar su vista.

El inspector deja atrás los ingredientes. Debe obviar el “Não  contem glútem”, la “Informaçao nutricional”; ignorar la “Data de produção”. Porque no busca como comensal, sino como policía, digamos, alimentario. No le importa qué va a comer, sino quién se está comiendo África.

Y ahí está. Es la respuesta al borde de la lupa. El origen gigante, a letra liliputiense. La procedencia delatora: mahonesa, de Canadá; orégano, de Portugal; galletas, de España; zumo traído de Tailandia; arroz de Taiwan y China; carne envasada en Paraguay; chocolate de Sudáfrica. Sal, “producto da Namibia”.

El sabueso de alacena (y de poca monta) anota en su informe:
En el “almorço”, lo único angoleño es la boca. La de aquí es una gastronomía prestada de alimentos arrendados. Sustento importado= autonomía vendida. En gran medida, a todos esos países no solo no les importa, sino que les conviene que Angola no produzca nada. Que su gente no haga nada, e incluso crea que no es capaz de hacer nada. Si a esa soga de intereses comerciales se suma lo otro… apaga y vendámonos al exterior.

“Lo otro”, amigo, es la desminación del vasto territorio de Angola. Tres Españas. Un proceso (aún) en marcha, once años después de la firma del acuerdo de paz. Es obvio: no hay cultivo posible donde siguen durmiendo minas antiniños, antimujeres. Minas siegahombres. Y están por todas partes. Por eso ellos caminan por el borde de las carreteras y arremolinan sus poblados junto a las “estradas”. Es lo más seguro si quieres seguir entero. Horror, después de treinta años de horror.

DSC_0532En el paisaje apabullante del interior de Angola, el Gobierno clava estacas rojas. Son la advertencia: aquí, minas. El Estado tiene a sus nómadas. Una brigada itinerante de artificieros. Técnicos que despiojan su tierra de tanta guerra. Su casa es un campamento militar. Trabajan y descansan sobre el terreno infestado. Y al descubrirlos en el camino entre Calandula y Cacuso, -esconde la cámara-, los imaginas bajo las lonas tragando su emparedado de atún tailandés, con margarina holandesa y guisantes de Brasil, sorbiendo, eso sí, una lata de Cuca.

P. G. Mahamud