Cuarta semana: en el Ecuador de la experiencia

Aún no me creo que ya estemos en la segunda mitad de la experiencia, y es que ¡qué rápido se pasa el tiempo cuando se está a gusto!

Parece que es verdad eso que dicen sobre que solo bastan 21 días para crear un nuevo hábito. Ahora mi rutina está llena de abrazos al llegar al colegio; de constantes muestras de cariño; de aprender las letras con Aroa, Dasha y Dyler, los números con Jonaykel y las tablas con Shirley; de jugar al cogido (nuestro pilla-pilla) en el receso (recreo); de hacer peleas de cosquillas con Snayder; de enseñar, jugar y hablar con los niños del Xics, que cada vez se abren más a nosotras y nosotras a ellos. Tras todo esto, agotadas y con la ropa manchada, signo de haberlo dado todo, volvemos al oasis en el que se convierte la comunidad, donde cierro el día con mis compañeras y las hermanas recogiendo impresiones, agradecimientos y anécdotas, casi siempre entre risas.

Mientras charlamos en la terraza de la comunidad observando el atardecer comenzamos a redactar una lista de todas aquellas nuevas palabras que hemos aprendido durante este tiempo. Entonces ocurre algo curioso: nos cuesta recordar muchas de ellas, palabras que al principio parecían tan extrañas, algunas que nos costaba tanto decir correctamente, resultan ser parte de nuestro día a día, tan interiorizadas en nuestro vocabulario que ya que ni somos conscientes de que las estamos usando. ¿Acaso no nos está ocurriendo esto también con el resto de cosas? La ciudad. Con sus calles, tan desconocidas al principio, pero donde ya nos movemos con soltura. Ya no atraemos tan solo las miradas curiosas de la gente, sino que recibimos saludos de rostros familiares, haciéndonos sentir un poco menos turistas y más parte de esta ciudad. Los niños. Tantos al principio que parecía misión imposible recordar todos sus nombres. Me resulta casi imposible imaginarme mi día a día sin ellos, convirtiéndose en amigos que incluso me ofrecen de su desayuno si me ven sin nada, cuidándome como a otro de ellos.

¿Significa esto que ya nada me va a impresionar? ¿Que hemos caído en nuestra nueva rutina? ¿Una rutina en la que cada día es igual que el anterior? Nada más lejos de la realidad. Quizás es solo el comienzo de una nueva etapa en esta experiencia. Una etapa donde me atrevo a mirar a la realidad de igual a igual, en total humildad. Escuchando de cerca las necesidades, haciéndome pequeña para darme a los demás, porque esta es la única forma de entregarse, dándolo todo y no reservándose nada. La complejidad de la realidad que nos rodea solo se puede afrontar desde los detalles. Para ello es necesario adentrarse en ella y observarla bien de cerca, prestando atención a los matices culturales, las conversaciones, los gestos de cariño, las miradas…. ¿Estaré siendo consciente de todos estos detalles? Seguro que muchos se me escapan, no lo dudo. Y es que en esta realidad llena de ruido hace falta una mirada superlenta, que me permita enterarme de lo que realmente sucede. Por suerte tengo lentes que me ayudan a darme cuenta de aquellas cosas que a simple vista pueden pasar desapercibidas, hablo de mis compañeras, la oración, las hermanas, Lucía y Yadira, e incluso los propios niños.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no, que no lo conozco todo, que aún me queda mucho por descubrir. Que en este “tiempo circular” en el que vivimos ahora, cada día me sorprende, me rompe los esquemas que ya tenía asumidos y me da un choque de realidad, revelando que todavía soy un poco turista.

Echando la vista atrás en esta semana, destaco las sesiones de Godly Play, durante las cuales de mano de la hermana Merce se acercan las parábolas a los niños. En particular disfruté mucho la sesión con los niños de 7 años, que ante la pregunta de cuál ha sido el mayor regalo que han recibido responden al unísono: “Diosito”, mostrando un amor inocente y sin dudas.

Otro de los momentos más especiales de esta semana ha sido la renovación de los votos temporales de la hermana Marbelys, que volvió a decir que sí, un sí de entrega absoluta, un sí que confía, incluso como ella dice mientras anda a ciegas, porque se siente sostenida por Dios.

Y así me he sentido yo esta semana, en un contraste de sensaciones, sintiéndome a veces tan en casa, y a veces tan turista, pero en manos del mejor guía. Sostenida, sin miedo a caer, porque los golpes son parte de la experiencia, parte del desaprender para aprender y dejarse transformar por esta realidad que se deja descubrir poco a poco.

Una voluntaria en Ecuador’22