“Los jugadores no lloran profesor.”

1Sudamérica me recibe por primera vez, aterrizamos en  Asunción y nos montamos en un coche que nos lleva al que será nuestro  nuevo hogar. Sus calles, su gente o sus barrios no llaman la atención si los miras desde la ventanilla de un coche. Estoy en el bañado desciendo las calles de este maravilloso lugar, esas calles que te arrugan el corazón hasta rozar el miedo, esas mismas calle que a día de hoy están grabadas en mi corazón, esos colectivos tan facheros que hacen de cada viaje al centro una aventura.

Las caras frías y rudas de los adultos se quedan grabadas en mi mente en los primeros instantes hasta que aparece la primera sonrisa… una niña, otra vez son ellos los que vuelven a dar el primer paso, están deseando que estuviésemos aquí. Las caras frías y rudas se transforman en invitaciones sin más interés que el de agradecer, en corazones cálidos y solidarios. Corazones  abiertos a que los demás dejen huella en ellos, sin miedo a que sangren porque sus corazones ya tienen suficientes cicatrices.

Los sentimientos se retuercen dentro de mí y las tornas empiezan a cambiarse, todo lo que mis ojos podían ver en los primeros días se transforma desde dentro. Los prejuicios dan paso a los abrazos o las sonrisas de la gente del bañado y el miedo a la realidad se convierte en respeto y cariño  por su forma de vida, por la valentía de los habitantes del bajo que cada día me muestran con su ejemplo en pequeños gestos, que no es necesario estar en paz contigo mismo para estirar la mano a cualquiera que lo necesite.

Hoy a falta de una semana estoy seguro de que quiero vivir mi vida en una empatía constante hacia los demás, sin miedo a que ganar o que perder, simplemente estando cerca de los que más lo necesiten.

2Conocer esta realidad no es sencillo, es imposible no sentirse impotente al ver situaciones que por el tiempo que tienes no puedes intervenir y te tienes que quedar al margen. Sin duda lo más duro para mí como docente es ver a niños en situaciones que nunca imaginé que viviría en primera persona y mucho menos que les pondría nombre y apellidos. Pero es esto precisamente lo que despierta en ti unas ganas extremadamente fuertes de vivir cerca de los más necesitados igual que lo hizo Jesús.

La importancia del ESTAR se eleva a su máxima expresión en una realidad como esta: no voy a cambiar su sociedad, no voy a ser herramienta de cambio en su forma de vivir y seguramente tampoco a ninguno de estos niños le despierte un interés por los libros. Eso aquí no importa, aquí no necesitan leer libros, no necesitan demostrar a la sociedad que sus estudios son mejores que los de otros. Necesitan un padre que no abandone su  hogar, una madre que no levante la mano con cada conflicto o no sentirse responsables de unos hermanos pequeños y tener  adquirir un papel que no les corresponde. Sólo necesitan sentirse niños, poder jugar y sentir que alguien les quiere de verdad que está dispuesto a despertar sentimientos que no conocen como la  felicidad,  el cariño y  el amor.

Créanme que no existe nada más bonito en este mundo que ver sonreír por primera vez a un  niño que nunca antes te había sonreído. En definitiva estamos aquí para esto precisamente, para que los últimos sean los primeros y para que los jugadores no lloren sino que sonrían carajo.

Ricardo Aguilera