LOS OJOS ABIERTOS Y EL CORAZÓN DISPUESTO

Empezaba la misión con una frase, “somos imagen del Dios de los encuentros”, y esa sencilla afirmación se ha hecho vital en esta experiencia. Tanto, que diría que es el resumen de lo que hemos vivido. Y es que si tuviera que quedarme con una sola cosa de todas, siendo tan difícil como es, sería con cada uno de los encuentros que nos ha regalado este tiempo en Ayolas.

Primero, el encuentro con las hermanas de Paraguay: Lola, Susi, Nati, Máxima y Jose. Llevan ya unos cuantos años acogiendo a un grupo de extranjeros en sus casas, en mitad de sus rutinas, abrazándonos y haciéndonos sentir parte de su familia. Aquí se hace especialmente carne ese “Servir es Reinar” que preside la vida de todas nuestras religiosas.
Y en ese servir nos dan un ejemplo de gratuidad y amor por los demás sin límites, sin cansancio, sin quejas, sin críticas aunque nuestras costumbres sean distintas. Pero, sobre todo, con muchas ganas de compartir tiempo y vivencias.

Son todo un ejemplo de vida hecha misión, y es importante que nos demos cuenta de la labor tan bonita que hacen aquí, en Paraguay, para que nunca les falte el apoyo suficiente para seguir adelante trabajando por los demás.

El segundo encuentro destacable fue con el grupo de voluntarios argentinos que compartieron con nosotros las dos primeras semanas. Con ellos aprendimos que el carisma Spínola no entiende de fronteras, sorprendiéndonos al descubrir que en todos los países en los que está presente la Congregación se fomenta un mismo sentir de familia y unos mismos valores que definen nuestro hacer. Fue tan fácil convivir y trabajar con ellos que se convirtió en un disfrute y una celebración continua, pasándose el tiempo demasiado rápido. Ojalá que podamos volver a encontrarnos pronto.

El encuentro con la comunidad de Ayolas, pero sobre todo con sus jóvenes, quizá haya sido la experiencia más novedosa y viva en comparación con la primera vez que estuve aquí. Y lo he disfrutado tanto que no sabría describir estos dos meses sin explicar la riqueza y el aprendizaje que ha sido este encuentro.

Son personas limpias, puras, sanas y transparentes, abiertas a conocer personas que les dejen huella en el corazón. Y con esa sonrisa con la que te reciben, ese abrazo sincero con el que te saludan por primera vez, esa energía constante, esas ganas de pasar tiempo juntos y aprender cosas, y esa forma tan suya de disfrutar a carcajada limpia de cada momento compartido, por muy simple que sea lo que estáis haciendo, al final son ellos los que consiguen dejar huella dentro de ti.

Me llevo muchos momentos de disfrute con los jóvenes, y mucho más aprendido, pero, sobre todo, lo que me llevo son amigos. Y da igual de donde vengamos, nuestras costumbres, o nuestra distinta forma de entender, aprovechar y disfrutar de la vida, porque cuando alguien te mueve cosas por dentro, en lo más profundo de ti, enseñándote la manera de ser mejor de lo que eras, sólo puede quedarse guardado en el interior, por mucha agua que esté de por medio.

Pero sobre todo me llevo el haber descubierto la belleza de que el único momento que importe sea el que estás viviendo aquí y ahora, y la gente con la que lo estás compartiendo. Sin relojes, sin prisas, pues los momentos no se miden por las horas que pasan, sino por la riqueza de lo que se comparte, ya sea un paseo, una charla tranquila sobre la vida y los sueños o un tereré al sol de la tarde. La magia está ahí, en estar ahora, sin preocuparse por mañana.

Y no podría acabar sin acordarme de los niños, porque sea donde sea, cuando sea, como sea y con quien sea, son los que siempre consiguen sorprenderme, los que más me enseñan y los que me llenan de vida para recordarme una vez más que el darme a ellos es lo que me hace sentirme realmente útil. Su inocencia, su imaginación, su disfrute con lo pequeño y el sonido de sus risas consiguen que me vuelva a hacer pequeña entre sus manos, disfrutando de los días a través de sus ojos curiosos y con ganas de descubrir.

Han conseguido emocionarme con el cuidado y la protección que se regalan unos a otros. No importa quién sea el mayor o el pequeño, viven pendientes de lo que pueda necesitar la persona de al lado y les falta tiempo para conseguirlo. Con esta atención constante nos enseñan lo que significa esa hermandad de la que tanto hablamos y que tanto nos cuesta construir. Me contagian también su risa a carcajadas, que suena tan pura, tan real y tan presente que te transporta a un mundo inocente y sin maldad.

Y en medio de una realidad de pobreza material según nuestras expectativas de bienestar, empiezas a descubrir el valor de un abrazo espontáneo o de un te quiero prematuro, pues la felicidad aparece entre los pequeños detalles y gestos que se te van regalando y no en la abundancia. Así que, el dar sin tener empieza a cobrar sentido, porque entregar sin más tu atención, cariño o cuidado a otra persona es lo mejor que puedes entregar para hacer que quien está al lado se sienta un poquito mejor. Y así, de la nada nace el todo. Dice la canción que el amor no se explica, y tiene razón. Cada niño me ha demostrado que querer sin pedir permiso te ensancha el corazón, porque el Amor es lo único plenamente capaz de transformar el corazón de cada hombre.

Cuando me paraba a observarles jugar felices y tranquilos, disfrutando del momento, pensaba que aquí el futuro pinta a mucha supervivencia y menos posibilidades, pero no hay quien ponga barreras al sueño de la esperanza. Así que cuando Pedro le preguntaba a Benja qué quería ser de mayor y él decía que feliz me llevé la mayor lección de coherencia, pureza y sencillez de este verano.

Tres años después he tenido la enorme suerte de volver a Ayolas, pero ya tengo muy claro que podré volver siempre que quiera, porque está lleno de personas que me hacen sentir en casa.

Como decía alguien importante en estos últimos días, no hay que decir adiós, sino hasta pronto, así que

AGUYJEVETE, JAJOHECHAPEVE ANGIRŨ.

Muchas gracias y hasta pronto, amigo.

Eva Martín