Primera semana, Quito. «El mundo al revés, al que estábamos acostumbrados»

Comienza mi viaje de vuelta desde el mundo al revés, al que estaba tan acostumbrada. Un viaje tan largo, que ha implicado cruzar el espejo que separa ambos mundos, conocido por muchos como “el charco”.

Mi primera parada fue en Ciudad de México, lugar en el que me encuentro con otros viajeros, muchos de ellos muy distintos a mí, con la piel más morena que la mía. Voy observando cómo van enseñando sus pasaportes, estos también de distintos colores al mío.

Lo primero que me sorprende de este mundo al derecho es que aquí tengo que demostrar que no tengo malas intenciones; me hacen firmar mil papeles ¡y hasta subir las manos al pasar por un escáner! Esto me toca especialmente por dentro y me hace darle vueltas a que es la perfecta definición de los prejuicios que muchas veces también en mi mundo tenemos con los viajeros que se atreven a cruzar el espejo que nos separa.

Entre tantas incertidumbres y un pellizco de nervios e inseguridad, por dudar de si podré encajar en este mundo al que siento que no pertenezco, continúa mi itinerario hasta un lugar que sí que se me asemeja más a un hogar: QUITO, mi primer contacto con Ecuador, donde viene a mi encuentro parte de esa gran familia que es capaz de traspasar los dos mundos: LA FAMILIA SPÍNOLA.

La comunidad de Quito nos da seguridad y buena acogida, nada más y nada menos que una pizza y unos deliciosos chifles. Estos entran solos como punto y final al día más largo de mi vida, que ha durado 31 horas ¡Esto sí que es que se te haga bola un lunes y los demás son tonterías!

Tras un descanso bien merecido, comienzo a conocer el país que será mi casa durante el próximo mes y medio. Comenzando por el cole Cardenal Spínola de Solanda, un oasis para los muchachos en mitad del barrio; hasta preciosas iglesias del centro de Quito como la de la compañía que, sinceramente, me fascinó.

De la capital también me quedo con la visita a la mitad del mundo, donde descubro que “nuestro mundo” está tan al revés que hasta la cisterna gira en el sentido contrario. Aquí me gané el título de maestra del huevo que creo que le dará bastante caché a mi currículum.

Voy adentrándome en la cultura ecuatoriana y dejándome sorprender por historias como la de la Virgen de la Dolorosa, que para hacerse presente entre los quiteños movió sus ojos o Santa Marianita de Jesús, con su vida ejemplar que tanto inspira a los cristianos de la ciudad. Sin lugar a duda, mi favorita es la del diablo Huma, ¡Al que conocimos de primera mano! él es el constructor de toda la iglesia de San Francisco, exceptuando una piedra que se le olvidó y que le hizo no poder llevarse un alma de regalo por dicho fallo.

En todo este camino, la comunidad, para alimentar mi “bocación” (que viene de boca), me ofrece los distintos sabores del mundo al derecho. Mi favorito, el maduro, un delicioso plátano frito; pero sin duda el que más me sorprende es la combinación de puré de verduras con canguil (palomitas de maíz).

Pensándolo bien, creo que puedo llegar a acostumbrarme a este mundo tan lleno de música y decorado, en el que sus habitantes son unos apasionados de tunear sus “carros”. Me brota el deseo de ser esponja y empaparme de todo lo que esta nueva realidad pueda ofrecerme, dispuesta a aprovechar la experiencia que se me regala al 110%.

Una voluntaria en Ecuador’22