CLAUSURA DEL X ANIVERSARIO

Iqbal Masih nació en el mismo año que yo, en 1983. Con apenas 4 años, mientras yo iba al colegio Cardenal Spínola de Madrid, su padre lo cedió a una fábrica de alfombras de Punjab a cambio de un préstamo para pagar la boda de Aslam, el hijo mayor. Algo normal en Paquistán, tan normal como que yo fuera al colegio. Iqbal empezó a trabajar más de 12 horas diarias haciendo alfombras para devolver el préstamo familiar, pero a causa tanto de los elevadísimos intereses que había impuesto el amo sobre el préstamo, como de los nuevos préstamos solicitados por el padre, la deuda se iba haciendo cada vez mayor, hasta que llegó a las 13.000 rupias años más tarde, en 1992, año en que yo recibía mi primera comunión y con ella una tormenta de regalos y festejos. Por casualidad conoció a Ehsan Ullah Khan, un luchador contra la esclavitud infantil, quien empoderó de tal manera a Iqbal que con 10 años se convirtió en un líder que denunciaba las condiciones laborales, los horarios y el régimen de esclavitud en que viven aún los niños y niñas que trabajan en algunos telares de alfombras.

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10 años, los que ahora cumplimos, le fueron suficientes para enfrentarse a un sistema injusto, como el que hoy vivimos, y convertirse así, con su militancia, en alguien popular entre las organizaciones humanitarias que comienzan así a prestar oído a una situación que el gobierno de Paquistán había estado tapando, a pesar de haber suscrito acuerdos internacionales.

A causa de sus denuncias y de su activismo, Iqbal era un personaje cada vez más incómodo para aquellas personas que se beneficiaban del trabajo infantil. A pesar del riesgo que adquiría a causa de su combatividad y creciente notoriedad, a pesar de las amenazas de muerte que recibió, siempre rechazó la escolta policial, incluso se negó a trasladarse a la capital o a un lugar más seguro. Prefirió quedarse entre los suyos.

Iqbal en alguna ocasión había dicho que quería llegar a ser abogado, para poder defender con más eficacia su causa. Pero con sólo 13 años, en 1995, mientras iba en bicicleta, fue asesinado de un disparo en la nuca.

3 años de activismo, 3 años de tal entrega que culminan en el mayor de los sacrificios, Iqbal fue tan santo que hasta en esto del tiempo se parece a Jesucristo.

Y ¿qué tiene que ver esto con la esperanza os preguntaréis? Para mí, TODO.

Dice el Papa Francisco que “no es fácil entender lo que es la esperanza. Se dice que es la más humilde de las virtudes, porque se esconde en la vida. La fe se ve, se siente, se sabe qué es. La caridad se hace, se sabe qué es. Pero ¿qué es la esperanza? ¿Qué es una actitud de esperanza? Para acercarnos un poco podemos decir en primer lugar que la esperanza es un riesgo, es una virtud arriesgada, es una virtud, como dice San Pablo, ‘de una ardiente expectación hacia la revelación del Hijo de Dios’. No es una ilusión”.

En Iqbal encontramos esa virtud arriesgada, esa resistencia y perseverancia, a pesar de la edad, a pesar de los miedos, a pesar de las amenazas, la búsqueda de su ideal, de su lucha por un mundo sin esclavitud infantil, es tan grande que todo le merece la pena porque es capaz de ver la revelación de lo que vendrá en aquello que está haciendo.

Iqbal entiende su mundo, las estructuras de poder, como nosotros entendemos las nuestras, sabemos que vivimos en un mundo profundamente complejo, en el que todo está marcado por la violencia estructural, que todo se mueve a un ritmo frenético donde el aquí y ahora, y si es posible un poquito rápido, nos envuelve. Un mundo gobernado por un sistema que le ha puesto precio a todo y que nos hace sentirnos impotentes, a nosotros, y nos hace movernos por la vida con el “no puedo”, el “hacemos lo que podemos”, “ya lo hemos hecho un millón de veces y no ha servido de nada”, … tenemos esto tan a flor de piel que la esperanza no nos cala.

Pero hay una cosa fundamental que nos distancia de Iqbal, que nosotras no sabemos lo que es estar de los 4 a los 10 años trabajando 12 horas diarias para pagar un préstamo familiar, no sabemos lo que es “el DOLOR” con mayúsculas, en nuestra propia carne, y porque él lo sabe, arriesga, porque espera.

Y esto nos da más pistas para seguir desplegando esas alas de esperanza. Acerquémonos al dolor del mundo, salgamos de nosotras. Las que hemos tenido la suerte de palparlo, de olerlo, sabemos que las personas de más esperanza de nuestro mundo son las más empobrecidas.

Rebeca Collado y debajo Directora de Spínola Solidaria.