ROMPIENDO ESQUEMAS

DSCN8457¡Creo que sigo sin saber explicar todo esto! Los días van pasando cada vez más rápido, parece que fue ayer cuando llegamos y en una semana aterrizamos en España.

El Bañado Norte va diluyendo mis esquemas mientras me contagia su ritmo, me enseña el verdadero valor del tiempo y la relatividad del reloj. Es una realidad tan auténtica con una esencia tan humana que es difícil no enfadarse o bloquearse ante las sinrazones e injusticias que rodean esta periferia de la ciudad, este margen de los Derechos Humanos.

Los niños se cuelan en mi vida casi sin darme cuenta, de repente son protagonistas de mis preocupaciones, de algún miedo y de muchas sonrisas. Es complicado poner palabras a esto, explicar que siento al escuchar la risa de Antoñito, leer cuentos con Andrea, ver la sonrisa sin dientes de Francisco o corregir las multiplicaciones de Milena. Pequeños gestos ordinarios que, de manera extraordinaria, consiguen difuminar lo demás.

Y es que ahí, en lo pequeño, es donde he encontrado la felicidad. Una felicidad de verdad, que se contagia, que surge en lo sencillo, en atardeceres llenos de basura, en pelotas deshinchadas y pies descalzos, en casas con puertas siempre abiertas, en un compartir sincero. La felicidad del compartir es una de las cosas más bonitas que me está enseñando esta experiencia. ¿Cómo nos podemos privar de algo así?

Aquí se celebra y comparte todo, se celebra la vida, la fe, se celebran las personas. Cuando me dejo contagiar de esto me doy cuenta de lo importante que es compartir la vida con los otros, disfrutar tirando piedras al río, cocinando o parando a escuchar, aprendo que la felicidad solo es de verdad si se comparte.

Resulta difícil entender como hay niños, historias con nombre propio, que me trasmiten tanta ternura y sufrimiento a la vez, que son capaces de empaparme su cariño a pesar de cómo me duele conocer su verdad. No se me ocurre otra forma de expresar como me siento cuando jugando me preguntan “¿Dentro de tu casa pasa el agua cuando llueve?” o llaman a la puerta avisando “Tengo que vender, no me dejan ir a la escuela”.

Pero no sólo es el barrio o los niños, tengo la suerte de sentirme como en casa, de abrir la puerta y coger el teléfono,  besos de buenos días y risas antes de dormir, de comidas con mucho amor y consejos guaraníes.

¡Tenemos tanto que aprender! Sueño con que demos un paso atrás y dejemos que los últimos sean los primeros, rompamos fronteras, apostemos por la educación e igualdad y no miremos a otro lado ante las realidades que rodean nuestra zona de confort. En el mundo hay muchos “Bañados Norte” gritando en silencio.

Ojala el ritmo guaraní siga rompiendo mis esquemas, siga enseñándome que lo más importante es el amor y el mejor regalo el tiempo.

Marta Molina