Segunda semana, Portoviejo: «Conociendo el día a día»

Todo empieza. Un autobús, muchas curvas y algunas palmeras en medio de un mar verde. El trayecto de Quito a Portoviejo es un cuadro imposible de plasmar, lleno de contraste y horas para mirar por la ventana. La impresión que transmite este cuadro es irreal, en una sola mirada se pueden observar más de cinco gamas de verdes, cascadas por doquier, casitas de chapa y caña dispersas por la cordillera… Poco a poco nos vamos acercando a nuestro destino real, la intranquilidad y el vértigo se empiezan a apoderar de nosotras. A todas se nos pasa por la cabeza la misma pregunta: ¿qué nos deparará nuestro destino?

 

Ya hemos llegado, ahí estaba nuestra comunidad, con una gran sonrisa y un carro para llevarnos a lo que será nuestra casa durante este tiempo. Experimentar la sensación de hogar, a más de 8000 km de nuestro lugar de origen, es algo que despierta y remueve un sentimiento de tranquilidad inmenso.

Empezamos a conocer la ciudad, nos llama la atención las concurridas vías, el bullicio de este lugar. Las personas se mueven en moto de tres en tres o incluso familias enteras, llevando entre los padres a los niños que parecen sentirse seguros al ser arropados por ellos. Atraemos miradas curiosas y saludos llenos de incertidumbre dentro del barrio. Cada vez tenemos más ganas de conocer a estos niños de los que venimos a aprender.

Lunes, 5:45 a.m., suena el despertador, es nuestro primer día de escuela, no sabría describir la tormenta que tenemos por dentro, es una mezcla entre miedo, ganas y expectación. Desayunamos y nos vamos a la escuela. 7:00 a.m. niños formados en el patio cantan el himno ecuatoriano mientras izan su bandera orgullosos de su país, al terminar somos presentadas y el recibimiento truena en nuestra interior. Conocemos a nuestros tutorizados, cada una tiene cinco niños que deberá sacar a lo largo de la mañana para hacer refuerzo de aquellas carencias educativas que son grandes debido a los dos años de pandemia y la falta de recursos dentro de las familias que han dificultado el aprendizaje. Mi grupo tiene entre 8 y 9 años y tengo niños que no saben las letras, otros escriben lo justo, pero hay ganas de aprender, inquietudes que atender y niños que motivar.

Esa misma tarde nos acercamos a otro proyecto, el XICS, construido por el F.C. Barcelona y regentado por dos mujeres con una fuerza interior descomunal, Lucía y Yadira. Allí, los niños acuden por la tarde para pasar el tiempo realizando sus tareas o reforzando sus conocimientos, pero sobre todo para sacarlos de la calle y enseñarles una realidad distinta de respeto y convivencia. Nosotras nos dedicamos a apoyar, a jugar con los niños y a estar allí. Todas nos preguntamos, ¿cómo dos solas mujeres son capaces de organizar todo esto? Llevamos una tarde y hemos terminado agotadas, la verdad, que los niños que acuden a este lugar tienen un punto de picardía que ni los más traviesos que conozco podrían llegar a imaginar.

La semana sigue, ya empezamos a tener una rutina un poco más organizada. Dar clases por las mañanas, receso (recreo) a las 10:10 a.m. y seguimos. Dos de nosotras cocinan para todas al final de la mañana y por la tarde, el XICS, apoyando los refuerzos, cantando, bailando, jugando… A mi parecer, el momento del receso y el proyecto son los mejores, dejamos que los niños se nos acerquen y nosotras nos acercamos a ellos. Es nuestra primera semana, pero incluso desde el primer día, estos pequeños seres nos profesaban muestras de cariño innumerables: nos buscan, nos encuentran, nos sacan nuestras cosquillas. La verdad, que no todo es fácil, más de una vez me he frustrado explicando a algún niño la “M” de “miau”, o jugando al ahorcado con la palabra M-U-L-A y que ellos me lean  “PERRO AHORCADO” en su lugar; madrugar también se hace cansino por la mañana, pero a pesar de todo el cansancio, termino el día con ilusión y alegría, puede que no haya enseñado absolutamente nada, pero he pasado momentos maravillosos con estos niños que me dan una fuerza especial, de la cual el Señor es participe, o eso pienso, porque si no fuese así, no entendería el fuego que sale de mí.

Una voluntaria en Ecuador’22