Un hueco en el corazón

Termina hoy la segunda semana aquí en Luanda, el lugar que se está ya haciendo un hueco en mi corazón.

Luanda es todo lo que importa, y a la vez todo lo que no. El barrio de Palanca huele fuerte, y no es todo lo bello que una espera del nuevo sitio a habitar; o al menos si hablamos del concepto de belleza al que estamos acostumbrados. No hay casas uniformes, ni si quiera lo son las calles, sin asfaltar, encharcadas porque no existen las tuberías y llenas de basura, no hay tampoco quien la recoja. Sin embargo, desde mis ojos (de afortunada, también os digo), tiene su encanto. El sol, que a mitad del día siempre sale, se tiñe de naranja y permanece toda la tarde como una esfera perfecta; hay también sitios llenos de flores y plantas que, como dice Blanca, parecen ser la vida abriéndose un hueco en medio de la más profunda miseria; pero, sobre todo, Palanca encuentra su encanto en su gente.

A quién más trato es a los niños, mis preferidos. Después de años dando clase, os prometo que nunca he visto las ganas de aprender que hay aquí. El curso acabó hace semanas, pero ir cada mañana al colegio es el mejor plan. Y descubrir algo nuevo, la mayor de las alegrías. Para mí también, me enseñan a hablar portugués y eu sou Adela, eu gosto de danzar, e de jogar e brincar tudos juntos porque ser uma boa persona es lo mas importante ❤

Algunas tardes hemos salido a pasear, y dos veces a misa a la Parroquia. Si ir a misa ya debiera ser una gran alegría, aquí lo es de lleno, los cantos y las voces de esta gente invaden el lugar que, a medio construir, cuidan como el mayor de los proyectos. Llega el domingo y las mujeres se arreglan y visten de colores, el momento lo merece. También nos presentan a la comunidad y nos dan las gracias al ritmo de palmas por estar aquí.

No es la Iglesia el único sitio en el que nos acogen, lo hacen también abriéndonos las puertas de sus propias casas, y de sus propias vidas. No tienen mucho si hablamos de cosas tangibles, algunos ni si quiera familia, pero sí Fe, la más fuerte que he visto nunca. En sus corazones brota el agradecimiento constante a ese Dios que les da ‘todo’. La vida es una bendición.

Quizás ese sea el mayor aprendizaje vivido hasta el momento, el poder ver con mis ojos aquello que verdaderamente sostiene la vida. Una tarde de juegos entre primos, tíos, sobrinos y unos voluntarios recién conocidos; la Fe de quien no tiene nada, encontrar flores en algún que otro rincón de Palanca o una canción que te hace sonreír.

Eso y que todo lo que decían era verdad. Aquí está Él, en lo olvidado, en lo pequeño, en el dolor, la pobreza, el hambre y la miseria. Aquí está Él abrazándolo y convirtiéndolo en esa celebración que es la alegría.

Y gracias a Él, yo también para verlo.

Adela Esteve, Voluntariado 2024