Y la burbuja explotó

WhatsApp Image 2018-08-15 at 03.18.22Desprender, discernir y posponer son tres palabras que hicieron que hoy esté donde estoy. Me desprendí del miedo, de mi hogar, de mis comodidades, de mi trabajo. Tomé decisiones difíciles para mi familia y mis amigos. Pospuse mis vacaciones y mis estudios. Y mereció la pena.

Creo que todo el mundo, sin excepciones, vive en una burbuja. Una burbuja que nos “protege” de la realidad, o eso intenta, cuando la propia ignorancia sobre el mundo es real. La burbuja que tengo es de color rosa chicle. Una burbuja que, gracias a mis experiencias y educación, nunca ha cambiado de color y menos llegar a explotar.

Pero solo hizo falta un día para romper mi burbuja: un día en El Bañado, en Asunción. Niños, familias, personas, viviendo en chabolas junto al río. Basura, olor a quemado, animales y escombros es lo que puedes ver a tu alrededor. Niños sin zapatos, sin ropa de abrigo, sin apenas una casa de ladrillos, pero con una sonrisa en su cara y unas ganas de vivir enormes.

De pronto, mi mundo tal y como lo conocía se desvaneció. En ese momento me pregunté si realmente estaba donde quería estar y una avalancha de prejuicios me inundó la mente.

No tuve otra que reaccionar y abrirme paso a un mundo desconocido y lleno de amor escondido en lo simple, en lo cotidiano, en lo sencillo.

Unos días más tarde, llegamos a nuestro destino y lugar de misión, al sur de Asunción: un pueblecito junto al río Paraná llamado Ayolas, donde vive gente humilde que te acoge con los brazos abiertos y te invita a compartir todo lo que tienen, aunque lo que tengan sea solamente un poco de tereré o una fruta.

El ritmo de vida es tranquilo. Parece que hay ausencia de tiempo. Desde que estoy aquí no uso reloj. Al principio es difícil dejarse llevar, pero al final el misterio de qué harás durante el día hace que los días sean especiales y únicos.

Nuestro día a día es intenso pero gratificante. Nunca pensé que nuestra labor como voluntarios en los colegios de la zona fuera tan importante.  Todos los días hay niños esperándome en la puerta de las aulas con mucho interés por aprender a leer, a escribir, a contar. A cambio, los niños te dan todo lo que tienen. Besos, abrazos, sonrisas, miradas de gratitud. ¡Eso sí que es amor! Y yo veo a Dios en sus ojos, en sus corazones y hace que me empape de fe a diario.

He tenido la oportunidad de conocer a familias en diferentes situaciones, pero todas tienen en común la una cosa que es capaz de mover montañas: la fe y la esperanza de que sus vidas pueden cambiar. De que todo lo pueden en Cristo y que Dios les da todo lo que necesitan para ser felices.

No sé qué aventuras me quedará por vivir, pero estoy orgulloso de decir que soy de raza guaraní.

Nacho JPB