¿Y POR QUÉ NO?

Elena 1Es curioso, cómo al proponerme la hermana Filli hacer un voluntariado este verano con Spínola Solidaria, no tuve mucho que pensar, sólo se me venía a la mente: ¿Y por qué no?

De repente, todos los posibles impedimentos que se me ocurrían, me parecían absurdos. No tenía ningún motivo por el cual decir que no. Siempre había sido mi sueño vivir una experiencia así y ahora se me regalaba esta oportunidad.

Sin embargo, ese “sí” que me brotó del corazón sin pensar en nada más, me parecía insuficiente. Yo, como siempre, haciendo difícil lo sencillo. Así que durante todos estos meses de formación, estuve viviendo una auténtica lucha buscando cuáles eran los verdaderos motivos que me llevaban a irme a la otra punta del mundo a hacer un voluntariado.

No han sido meses fáciles y menos aún lo fue mi primer día en Asunción. Tan solo acababa de poner un pie en nuestra calle cuando me invadió el pensamiento de no saber qué diantres estaba haciendo tan lejos.

Fuimos a visitar el centro de la cuidad pero yo no podía hacer otra cosa que juzgar todo lo que iba viendo. No entendía nada… ¿Por qué estaba todo tan descuidado? ¿Por qué tanta desigualdad? ¿Por qué tanta pobreza?
No entendía absolutamente nada pero… ¿qué pretendía entender?

Ya de vuelta en nuestra escuelita nos acompañó una de las hermanas a conocer el Bañado, la zona en la que viven los niños con los que íbamos a estar durante todo este tiempo. Bajamos al Bañado y eso sí era pobreza. Tanta, que solo con los zapatos llenos de barro y oliéndola bien de cerca, puedes hacerte una idea.

Algunos de mis compañeros venían sorprendidos por lo que habíamos visto, por ver en qué condiciones vivían. Pero yo tenía una sensación bien distinta. Me sentía en casa. Sentía que ese era mi lugar, que ahí es a donde yo verdaderamente había sido enviada.

Toda mis luchas por buscar motivaciones auténticas por las que estar ahí, desaparecieron cuando de repente me vi rodeada de niños que, aún sin saberse mi nombre, me estaban abrazando, agarrándome de la mano, de los pies, subidos encima… ¡y todo esto el primer día!

Fue así cuando por fin entendí por qué estaba aquí, por qué sí era necesario venir a la otra punta del mundo. No necesitaba buscar más motivos. Tenía un pequeño paraíso, pobre, muy pobre, que me estaba esperando. Un paraíso lleno de niños que lo único que tienen es un corazón inmenso, una necesidad inmensa de aprender, de dar cariño, de sentirse queridos.

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Y a mí, sin saber por qué, se me regala. Se me regala la oportunidad de amar este paraíso. Amarlo tal y como es, sin pretender entender nada. Simplemente dándome por completo, cada día, con cada niño.

Elena Velaure,
Comunidad de Asunción.