Testimonios

TURNO DE NOCHE

Llegamos a Luanda en medio de una oscura noche africana. El primer día mis compañeros de voluntariado y yo apenas dormimos, ansiosos como estábamos por conocer todo lo que íbamos a tener alrededor en las próximas semanas. Nos avisan de que estamos en cacimbo, la estación del año más fría y seca. Cacimbo es una palabra propia de Angola, y pronto empiezo a utilizar expresiones —esta vez en portugués— que apenas digo en español porque así tienen más sentido: jantar (“cenar”) con las irmãs(“hermanas”) de la comunidad que tanto nos cuidan y tanto se preocupan por nosotros entre historias, anécdotas y risas; dar aula (“clase”) a los meninos da escola, pensar algún jogo para la sexta-feira (“viernes”). Sin embargo, si me tengo que quedar con una palabra que me resuena más que otras, esa es partilhar (“compartir”). Compartes unas sevillanas y a cambio te enseñan a bailar Lhe avança o Anda tipo pato.

Compartes una celebración y todos están encantados de darte la bienvenida, e incluso de abrazarte. Compartes los números en inglés y enseguida te piden que enseñes los colores —¡y que les digas cómo se pronuncian, que si no no van a aprenderlos bien!—. Compartes una sonrisa que dibujas en un cuaderno y rápidamente te devuelven una que no es de papel, sino de carne y hueso. Compartes la realidad que vas viendo en las calles de Luanda. Por compartir, compartes hasta el viento que te abofetea desde la ventanilla bajada de un Land Rover que cruza las carreteras llenas de baches que atraviesan Angola. Compartes tanto que no paras de decir obrigado (“gracias”).

Me acuerdo en pocas ocasiones de España pero, cuando lo hago, ese vago recuerdo me lleva a pensar que vivimos en un mundo, como poco, raro, por ponerle de momento algún adjetivo.

Cuando volvamos dentro de una semana, saldremos también de noche y esa será la última imagen que tengamos de Luanda. Todo lo que he compartido y todo lo que he vivido me sugiere que a mi regreso tendré que seguir despierto, tanto como en la madrugada en que llegué y probablemente también en la que me vaya, como si un voluntario cuando vuelve fuera siempre un guardián permanente de un turno de noche, de modo que haya alguien siempre en vela para que la humanidad no se adormezca.

Jorge Valdelvira

El terremoto paraguayo

 

Paraguay es un país que se sitúa en el centro de la placa tectónica sudamericana, por lo que los terremotos aquí son muy poco frecuentes, y los que se dan son de muy baja intensidad. Sin embargo, este país es capaz de provocar temblores de tierra que no pueden medirse y que no aparecerán en ningún registro oficial…. En julio de 2018 se registró por la zona de El Bañado uno de los más fuertes ocurridos en los últimos años….

Esta es la mejor metáfora que he encontrado para describir mi sensación la primera vez que bajé al barrio de El Bañado en Asunción, Paraguay. Aunque la sensación se ha repetido en otras ocasiones a lo largo de estos dos meses, ésta primera fue la más fuerte que recuerdo.

Un terremoto lo descoloca todo. Es capaz de derrumbar los cimientos más fuertes y profundos, acabar con proyectos de vida que llevan años edificándose. Y cuando todo en lo que creías tiembla y amenaza con destruirse, tu mirada cambia, tu manera de ver las cosas se transforma. Perspectiva. Lo que creías importante pasa a ser accesorio. Las cosas que dabas por supuestas pasan a ser vitales. Esto es lo que me ha pasado por dentro. Y es que…

El terremoto paraguayo descoloca tu sentido de la propiedad. Desde que llegas, lo que tienes pasa a estar al servicio de todos. Viviendo en comunidad, nada es tuyo. ¿Pensando en quién has hecho la maleta?

El terremoto paraguayo hace temblar tu concepto de imagen. Tu ropa ¿te tapa?, ¿te protege del frío? ¡Pues andando! No todos pueden decir lo mismo. El tiempo embobada delante del armario son conversaciones que no ocurren, miradas que no se encuentran.

Los temblores del suelo te recuerdan que eres igual de guapa sin maquillaje. Y los niños que eres mucho más libre sin espejo.

El terremoto paraguayo sacude tu forma de sentir y percibir el frío. Tus quejas cuando empieza a llover. Porque no en todas las partes del mundo la lluvia significa atascos. Hay muchos suelos de barro, techos de hojalata. Y sólo los afortunados tienen chanclas.

El terremoto paraguayo te permite reconocer lo realmente importante. Disfruto viendo cómo se apaga poco a poco el olor a aceite de árbol del té a medida que pasan los días. Los piojos se miden en abrazos. Y lo que de verdad necesitas, cabe en una sola balda del armario.

El terremoto paraguayo también agita tus prejuicios. Vivir en una chabola y encontrar la dignidad en un iPhone también es pobreza.

El terremoto paraguayo cambia tu mirada. ¿Tus gafas te permiten ver lo extraordinario en lo ordinario?

El terremoto paraguayo hace tambalear tu concepto de generosidad. ¿Qué se puede dar cuando no tienes nada?

El terremoto paraguayo agita y recoloca tu fe. Hay cosas que he visto y oído que no puedo explicar si no es por la existencia de Dios. ¿A qué te agarras de verdad cuando el suelo se resquebraja bajo tus pies?

El terremoto paraguayo resquebraja tu idea de felicidad. Cuando no tienes nada, y no te hace falta nada, sabes bien dónde ir buscarla.

Lo bueno de los terremotos es que permiten empezar de cero. Ninguna ciudad volvió a ser la misma después del seísmo. A veces es necesaria una buena sacudida para volver a colocar todo en su sitio y seguir levantando nuestro edificio. Pero esta vez… ¿volverás a construirlo de la misma manera?

Ana Micó

ESA VIDA DE VERDAD

Al principio, me daba la sensación de que no me iba a acostumbrar a la vida de allí y ahora hay días que, aunque suene raro, hasta la echo de menos, echo de menos el vivir esa vida de verdad y no la que aquí nos pintan.

Fui capaz de convertir los obstáculos en oportunidades, de no darle la espalda a los problemas del mundo sino enfrentarme a ellos, valorar las miradas, los abrazos, los momentos…

Fui queriendo cambiar su vida, bueno mejor dicho mejorarla, y lo único que han conseguido ha sido sacar lo mejor de mí y cambiar la mía para siempre.

Isabel Rocha

 

ÑENBO´EUKA (Dejarme enseñar en guaraní)

Camino por callecitas de tierra, entre casas de chapa y madera. Me saludan personas con rostro curtido por la vida y el sol, expresando la acogida que llevan dentro con el gesto de una mano que se mueve en el aire o que se extiende a mi encuentro. ¿Qué quieres, Señor, de mí en esta tierra? Aquí y ahora deseo aprender con ellos, de Ti.

Resulta difícil poder describir los colores de esta tierra. ¡Ojalá supiera pintarlos! El cielo se vuelve rojo cada tarde mientras quema el agua mansa y hace un pulso de belleza con la sonrisa de Alexis, las ganas de jugar de Tadeo o los ojos de Rigo. Me siento tan pequeña cuando los niños me muestran su río, su sol, su pasto para jugar… No saben que mientras me dicen “Profe vení”, soy yo la que repito por dentro tú Andrés, tú Octavio, tú Andrea, eres mi profe.

Los niños me enseñan que AMAR es lo importante y para eso siempre hay tiempo. Son mis maestros de cada día. Con ellos me acuerdo tanto de lo de Jesús, de sus palabras, de sus favoritos… aquí el Evangelio se lee por las calles. Son los niños los que me han ido abriendo por dentro a la cultura de la sonrisa, del abrazo y del disfrute.

Pero la belleza y el dolor se dan la mano en esta realidad. Se me revuelven las entrañas al contemplar sus calles, sus casas y sentir sus nombres golpeando mi pecho mientras la ciudad de

Asunción se extiende detrás de este margen. Sin embargo, algo más grande que yo me orienta a descubrir a mi Señor caminando también por los márgenes de su tierra y eso me devuelve la esperanza. No una esperanza boba, sino fundada en lo que veo aquí cada día.

 

Compartir este voluntariado con la comunidad de jóvenes con la que el Señor me ha enviado, es un regalo. La pasión y entrega de cada uno, me anima al Sí de cada día, un Sí de Esclava. Además, vivir esta experiencia con mis hermanas de Congregación me llena de alegría y se sentido. Estas mujeres de carne y hueso que son mis hermanas, son de verdad un ejemplo de escucha y servicio en esta realidad.

Releo lo escrito y siento que no digo nada. De verdad que no sé muy bien qué contar. Se me mezclan palabras, rostros, colores, emociones, canciones… Siento cada frase como un borbotón que sale de mí, con poco orden, pero mucha verdad. Espero que algo de lo que voy aprendiendo aquí sepa cuidarlo y vivirlo, aunque sé que el Señor y cada nombre de acá, me van a ayudar.

Rocío Pineda, ADC

QUE NUNCA PERDAMOS EL SUR

Y sin darte cuenta aterrizas en España. Otra vez las prisas, el ritmo de vida, la individualización, el eurocentrismo y los problemas de la Liga. Han sido casi dos meses, tampoco es tanto tiempo, y no sabes si lo que has hecho ha servido de algo o sólo te ha servido a ti. ¡Qué cantidad de emociones y sentimientos te traes de vuelta!

Los primeros días te enfadan muchas cosas, no entiendes que se mire tanto el reloj, que se hagan planes para vivirlos a medias o que se hable más a una pantalla que a los ojos. Entonces, empecé a pensar que no quería dejar de volver, quería “estar volviendo siempre”. Estoy segura de que ese deseo nació allí, en el Bañado Norte de Asunción.

 

Y es que cuando haces una realidad tuya, la sientes y te duele. Cuando las cifras de pobreza infantil tienen nombre propio, has pisado el terreno que ahora está inundado y conoces quien vivía en las casas afectadas, ya no es igual, es imposible que sea igual.

Paraguay me rompió muchos esquemas. De repente ves bonito un horizonte de basura, no quieres perderte los atardeceres en escombros o las casas de chapa empiezan a parecerte hogares. Pero también te enfadan las sinrazones de tantos invisibles, sigue doliéndome que Andrés no pueda jugar por trabajar, que Doña María no sepa cuándo se tendrá que mudar, que Andrea no pueda estudiar o que llueva dentro de la casa de Octavio.

Allí me dejé hacer por una realidad tan auténtica, una forma de compartir la vida tan humana. Allí donde había poco, había para todos.

La verdad es que Asunción no va a ser primer destino de viajes, la comunidad de hermanas no va a recibir premios y las personas del Bañado no van a ocupar portadas. Pero, ojalá entre todos hagamos que no haya Primer ni Tercer Mundo, pobres ni ricos; ojalá apostemos por la educación, por las niñas y por los niños; ojalá derribemos las fronteras y miremos al otro lado de las vallas.

Vivimos en un Norte, ¡tan Norte!, que me da miedo pensar que podemos perder el Sur.

Marta Molina de la Fuente

“Quien vive siempre en la primera fila, no se entera de nada de lo que pasa en la sala”

VOLVER es distinto a venir por primera vez… pero tengo que decir que es ¡todavía mejor! porque es como si algo por dentro encajara. Como si las intuiciones que inquietaban mi corazón a la vuelta, aquella vez, encontraran ahora respuesta serena y confiada. Y es que para mí es innegociable y estoy convencida de que el mundo solo se entiende desde los lugares últimos.

Quien vive siempre en la primera fila, no se entera de nada de lo que pasa en la sala. En cambio desde la última fila se tiene otra perspectiva, uno se entera de todo; aunque vea peor el “espectáculo”. Éstos últimos no cuentan, pasan desapercibido para las cámaras, llenan el espacio pero no son conocidos por sus nombres, ni parecen ser gente importante.

A ellos no les conoce nadie, sin embargo ellos si conocen a todos, aunque siempre los vean de espaldas. Y es que el mundo visto desde aquí, el corazón de América me parece eso… un teatro desde donde miro al mundo sentada en la última fila. A veces siento que me gusta sentarme aquí porque es todo mucho más sencillo, mucho más humano. Pero otras veces ¡me indigno! Y me pregunto en qué momento rediseñamos así el mundo. Hace tiempo que sabemos que la tierra es redonda por lo tanto no entiendo porque tiene que haber primeras y últimas filas ¡y además con las sillas atadas al suelo! Sin posibilidad de movimiento… Sueño con un mundo donde las sillas se puedan mover y nos den la posibilidad de sentarnos en círculo. Sueño con un mundo donde todos tengamos las mismas oportunidades, donde nos miremos a la cara, nos reconozcamos y estemos todos a la misma distancia del centro. Así siento que lo sueña Dios, y así quiero que sea y no voy a invertir tiempo, ni energía, ¡no voy a gastar mi vida en nada que no apunte en esa dirección! Eso es lo único que tengo claro, cuando solo me quedan unas horas para partir de Ayolas y apenas tres días para volver a España.

Mi lugar es el mundo y mi vocación querer mucho a la gente… especialmente a los que la sociedad ha obligado a sentarse en las últimas filas. Quererlos a ellos, pero no querer que permanezcan siempre ahí sino quererlos para que crean que pueden redecorar el espacio y sentarse donde les plazca porque ¡todos tenemos derecho! Y para eso… no hay arma más poderosa que la educación. Estos dos meses trabajando codo a codo con las profes del pre-escolar Madre Celia, en el Barrio de Las Mercedes, en San Isidro… me devuelven la confianza en que merece la pena ser creativos en educación, porque solo despertando el pensamiento adormecido de aquellos que han sido relegados a la última fila tendremos un mundo distinto… MAÑANA. Y cuando miro el sol siento que Dios… ¡está de nuestra parte! ¿no te parece?

Ángela Lopera